Hoy cambié los viejos versos, aquellos en que la tinta azul apuñalaba profundamente una quieta hoja de papel; hoy comencé a mostrar mi amor de otra manera, tal vez inventando alguna otra forma en la que se pudiera.
Sobre las cuerdas que acariciaron mis dedos puse todo el sentimiento, y las palabras nacieron como flores en la primavera, y bailando en mis ojos se incrustó el vuelo de una luciérnaga en la fría noche.
Las melodías que emanaban junto a la fogata mecieron los oídos del niño que jugaba en mis recuerdos y mis pupilas vieron cómo desde debajo de mis párpados brotaban un par de lágrimas insólitas, era mi reencuentro con un sentimiento desechado, uno que a la fuerza creí haber olvidado.
Entonces aquél par de aventureros que dormían dentro de mi zapatos comenzaron a andar por la pampa empapada en el rocío de luz que le regalaba la luna, esa luna grande, inmensa, y las otras mil lunitas más pequeñas, esas que algunos prefieren llaman estrellas, tratando de reencontrarme con un espejismo de muchísimas noches atrás, una más de las noches aquellas.
Cómo pude amar tanto a la noche, me preguntaba a mi mismo para mis adentros; descubrir que sin ningún reproche me hace sentir tan libre y vivo; encontrar la plenitud entre la oscuridad o la tenue luz y el silencio; no encontrar impedimentos para deambular por los pasillos de mi mente sin temor a dar algún tropiezo. Tal vez me hace falta un corazón para sentirme más completo, pensaba, o quizás no ser nadie; ser un pez, o ser un ave, o ser parte de la calle o haber sido engendrado en el vientre del viento...
domingo, 4 de septiembre de 2011
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