¿A quién le sueles transmitir la dulzura, toda la calma soberano del aire, vigilante de la orilla?...
Dejas al desnudo ésto que se enmaraña y se esconde tímidamente en mis suspiros, y desembocas en mi cuerpo suspendido inmensamente hacia el infinito.
No me encuentro; no me encuentran... Me desvisto y no me veo; me escapo del morbo de los ojos ajenos y me adentro simplemente en el momento en que renazco. Me hago nota en ciertas melodías que se marchan sinuosas hacia el horizonte y, de a poquito, me desvanezco hasta quedarme invisible sin el tacto que me observe, que me sienta vulnerable.
Detienes mi existencia en un corto lapso de tiempo y se alza sublime y desnudo mi espíritu. Te vuelcas a escribir ante mis ojos hasta los más recónditos secretos de la danza de colores que reflejas siendo espejo de la tarde, involucrando a la serenidad de tus caricias regaladas a mis ojos.
Antes de tu inminente descanso, que se abre paso lentamente atravesando con cautela el envejecer del ocaso, vuelvo a desear tu resuello, el murmullo de tu imagen infinita protegida y abrigada por el fuego que se adueña de las nubes de los últimos respiros de este día, y vuelvo a añorar esa lisergia que derramas sin tapujos a veces con ansiedad, con amor, otras tantas rebosadas de melancolía, por la cual regresaré nuevamente y que me volverá a empapar, tal vez, durante las últimas horas de mañana...
La imagen dispuesta para el escrito no retrata algún paisaje de Valparaiso, sólo está dispuesta para mostrar un cielo de tarde como el que inspiró el presente.
La imagen dispuesta para el escrito no retrata algún paisaje de Valparaiso, sólo está dispuesta para mostrar un cielo de tarde como el que inspiró el presente.

