Trazando un camino, con el viento se desprende y, lentamente, con femenina sutileza, desde una rama desciende, dibujando siluetas en el aire tímidamente, conquistando mis emociones, una hoja seca que lleva magia en cada uno de sus movimientos, en segundos infinitos. Cae una hoja como una lágrima de amor en un reencuentro; cae mágica y perpetúa la más fina pureza en un único momento y dispara hacia mis ojos la ternura, un susurro, toda aquella magia que distingue al momento más puro, y entonces me envuelve, como si fuera una bufanda, la hermosura; esa melancolía que es reina y majestad durante los días grises del otoño, días que tienen los matices de las hojas que caen como pétalos secos.
Cuánto sentimiento se desprende de mi corazón, mientras aquella hoja no para de caer. Cuán solemnes son los segundos donde se interpretan mis sueños y besa mi rostro el mismo viento helado, enamorado, que canta y, junto a una hoja seca, crea una magnífica danza. Cae una dulce hoja tal como cae la noche y tiene los colores de tus ojos.
Y yo no quiero ni hablar, y cierro entonces mis ojos solo para sentir y, luego de un diminuto momento, cuando los vuelvo a abrir, aquella frágil hoja ha caido y yace sobre el pasto, como una bella durmiente, para fundir en el suelo su frágil silueta inerte.
lunes, 24 de mayo de 2010
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