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miércoles, 31 de mayo de 2017

De lo insípido


    Hoy quería contarte, mi amor, que me he decepcionado de todo, de la vida, de los amigos, de los profesores, de los jóvenes, de los viejos, de la familia, de mis hermanos, de mis padres, de la institución...
    Me decepcioné de ti, mi amor, y también de mi mismo. Tal vez no tanto de ti, después de todo cumpliste, me cagaste bien la vida, negra, se nota que tienes experiencia en eso.
    Me decepcioné de la gente que va a todas partes y se sumerge bajo todos esos tipos de pantallas que los acosan desde muy cerca. A ellas les confidencian todo, en ellas cabe y también sale de todo y a través de ellas resulta muchísimo más fácil herir, ocultar ahí todos los puñales, afilarlos cuidadosamente y arrojarlos certeros, evitando dar la cara y sin tener que mirar fijamente a los ojos de los otros (justo como lo haces tú).
    Me decepcioné de los amores cojos donde uno no recibe ni valora lo que el otro entrega y creces tú sola, mezquina de ti misma. Me decepcioné de las lágrimas acobardadas que se quedan atascadas en las grandes mochilas que ensanchan nuestros párpados junto a todo el sueño y los sueños perdidos de las noches que pasamos en vela una y otra vez, a diario, sin dormir, y de la pena de tener tantas y tantas preguntas que nos van robando de a poco todo el fuego de los años terrestres y sin la más mínima intención de dejarse responder.
    Me decepcioné de mi, de estar muerto en esta cama con las manos enterradas entre los muslos, en la misma posición del que perdimos por el cáncer (aquel eterno gusto a fracaso en tus besos), digo bien, por el orgullo (son la misma mierda).
    Hoy quiero contarte que no extraño nada más que esos repentinos abrazos, las repetidas caricias, y esos espontáneos y dulces besos en la frente que jamás nunca me diste, sin siquiera pensar en decir "tranquilo, mi amor, todo va a estar bien"... Quizás era lo único que necesitaba de ti además de sentir que tu boca era indómita en la mía y el rebote de mi aliento en tu nuca, y esa piel más única de todas que distinguía maravillosamente tus hombros de todos los otros hombros cualquieras, que quería siempre impregnándose a mi pecho antes de ponerme a roncar como un felino, y tus glúteos vigilando mi pelvis que volvió a ser novata en tus desdenes, y tus piernas rellenando el surco de las mías justo cuando estos fríos suben la escalera.
    Quien se haya robado tu corazón debe haberlo tenido muy bien escondido, yo nunca pude encontrarlo, ni la dicha de amarnos tanto los dos para luego ser tres y de verdad amarnos.
    Es verdad que no te odio ni te extraño, me has dejado sin amor. Fuiste el tizón de mi invierno, destruiste todas mis siembras; me derretí en tus humillaciones, mi amor... Cómo me extraño antes de ti, ¡ay, mi amor, cómo me extraño!. Hasta hubiese preferido morir por causa de tu amor no correspondido a ser la indiferencia que soy ahora, la desidia que soy ahora, toda la mierda que vomitaste, mariposita, tan bonita, tan preciosa como la coca de más pureza que brilla y brilla, que reluce, que tiene los mismos efectos a corto y largo plazo, dejándote duro, tenso, frío, violento, insensible, angustiado, ansioso y bien cagao (por eso es que no compro esas mierdas, contigo me bastó y me sobró)...
    Vendería mis órganos (si sirviese alguno todavía), no por tu droga depresora, sino por volver a mi antes de ti. Debes sentirte orgullosa mi amor, eres una maestra en inhumanidades. Yo nunca fui maestro en nada ni tampoco pretendo serlo, ni siquiera escribo tan bien como tú lo haces, ni adorno tan bien las putas palabritas maracas, sólo intento llegar pronto al grano.
    Torturaste mis sonrisas, las dejaste mediamuertas, petrificadas de alquitrán. Me transformaste un poco en ti, para andar fingiendo alegrías y agrado por otros y hasta por uno mismo.
    Premio a la mejor actriz de una película depresiva. Prostituta de otras mentes, perra maldita que odio y no odio, coleccionista del masoquismo de ingenuos hombres muy humanos que se hunden incautos en tus pechos llenos de leche avinagrada.
    Vuelves carne al rencor y a los caprichos, no eres pareja, eres un monstruo de odio que violenta a quien desnuda ese miserable y frío mármol a la izquierda de tu orgullo inagotable, infinito en tu espacio carente de autoestima compensada con grandes paredes de ego. ¿Cómo es que logras cargar con todo ese peso a diario?...
    Si, fuiste tú la que me devolvió la inspiración, la que arrastró mis palabras al papel tal como mi autoestima por el suelo, la que me hizo regurgitar mierda de la boca para afuera con tu maldito sabor a arrogancia. Y si, ahora soy yo el que vive mirando el veneno empuñado en mi mano, viviendo a diario en la cuestión de si beberlo o echarlo en la comida de alguien más. Ahora soy yo el que aparece sombrío entre callejones, cuando la lluvia parte las techumbres y la noche profunda me vigila de reojo.
    Eres lo mejor de lo peor que me ha pasado, al punto de creerte una familia para mi, de cederte una enorme parte de mi, abriendo mis debilidades de par en par para ti, intoxicándome con lo que tú muy bien sabías que jamás fue amor. Irónicamente, escapando de mi habitáculo encontré lo mismo en ti, el mismo desenlace, otra vez la pena, otra vez desolación, otra vez la decepción, eso si, esta vez mucho más voraz e incisiva, violenta.
    ¿Por qué?, Si yo era tuyo, nuestra historia era tuya y mía, no era tuya la historia de tus padres, ni la de los míos, porque nosotros jamás fuimos responsables de sus actos ni sus decisiones pretéritas. Cuántas veces lo hablamos, y sólo porque yo te pedía que hablásemos. Nosotros veníamos a ser diferentes, pero tú sólo venías de la boca para afuera...

Besos con sabor a vinagre (tu misógino preterido)...