A la mañana siguiente, después de la melancolía, un alma que fue desbocada descansa junto a la mía. Un cuerpo desconocido con los ojos y la piel muy parecidos a aquellos que emigraron de mi lado algún día para ser viajeros corrientes en las fauces del tiempo.
De marejadas de alcohol fui naufrago y me rescató una marinera que no conocía; pero así no quería que fuera, así no me importaba la vida, y seguía llorando y la costumbre me hizo su mejor presa, una que poseía una ignorancia e ingenuidad predilectas.
Salir un momento solo y no saber cómo es que llegas a despertar acompañado; acompañado pero vacío por dentro, casi exacerbado, como si de noche fueras un sonámbulo, otra persona, una víctima dañada de alma por la ausencia de aquella, por la amnesia y los fuertes dolores de cabeza que entran por la ventana de la pieza con la luz del aclarar la mañana, o tal vez pasado el medio día, y todo por tratar de suplir y hasta, tal vez, de mejorar en vano lo que viviste con ella en algunos antiguos días.
¿Cuántos pechos?, ¿cuántas bocas?,¿cuántos muslos devorados por error?; como un caníbal insaciable ante la carne, amante inconsciente del pecado que, aunque no te des cuenta, te deja cada vez más destrozado, más mal herido, más desolado, nadando en el centro de un océano, o tal vez en un vaso de agua ahogado, con el aliento desfragmentado...


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