Ahí se encuentra él, está celebrando
con su cabeza apoyada en el pubis de su canto;
una piel que cubre un sendero;
un osado aventurero que resuelve acertijos
que provienen de los gritos de algún llanto.
Implícitas palabras que piden perdón
pues quién llora lo hace porque hizo daño
y este mensajero del alivio
lo corteja con sus ojos pardos;
le pide arrepentimiento primero y luego le concede el perdón.
Lleva consigo aquel sentimiento,
cual cupido enamorando a todos esos
que viajan por el mar sin rumbo,
trazándoles un mapa en las estrellas
para que se encuentren y se llenen con sus besos.
Un cariño, un secreto, algo mayor,
todo carga él en su alma cuando viaja por el panteón,
hundiendo los pesares ajenos
en las tumbas profundas, infinitas,
donde sólo yacen almas de profanos...


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