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domingo, 11 de octubre de 2009

Pachamama


La abrumadora paz de tu austral y mágica vida, Pachamama, es lo que hoy, con la cabeza y la espalda desnudas bajo un imponente astro, gigante y luminoso sol, es la que hace, con inercia y agrado absoluto, que mis resquebrajados pies de barro se muevan, pisen y caminen a través del raudo incendio de tu inmensidad.

Madre tierra, fértil niña adolescente de milenios que has sostenido y amamantado con tus senos a ancestrales criaturas que han escrito tu historia en restos fósiles.

Un incendio lejano de apagarse para siempre, con piel de pasto, mar y árboles; con piel infinita y esqueleto de piedra maciza y tierra roja, húmeda, fecundada por naturaleza viva y muerta que se deja ver, muchas veces pudorosa, ante el potencial daño de la mano del hombre.

Pariendo candente y poderosa lava, por tus volcanes desatas tu furia cuando se te desafía, regalando la extremaunción; la cremación a quienes habitan las cercanías.

Imponente, madre complaciente que sostienes mis pasos y que sostuviste alguna vez los pasos del chaski en las alturas de Los Andes, reinado de cóndores de infinita envergadura, con los oidos acariciados por el trinar al viento de una trutruca; por el impetuoso latido cardíaco de un cultrún; vientos cálidos y frios, iracundos y pacifistas que mueven la cuna de la lluvia a través de los cielos, un único y fulminante canto que se escucha a coro entre la tierra y las lágrimas del cielo cuando chocan en su reencuentro.

Un regalo para mis ojos que se deleitan con tus parajes, maquillados por esteros, por la verde vegetación, por la unión coital entre el mar y el cielo, procreando al horizonte centelleante bañado por la luz del sol.

Seres ancestrales que te amaron tanto y más de lo que yo puedo amarte; hijos tuyos como yo; alumnos íconos de tu sabiduría; indios hermanos míos de raza, una raza languidecida por el implacable paso del tiempo que no perdona ni discrimina.


A ti te invoco, gran Pachamama, diosa, reina y madre de tantas culturas, con la ayuda del bramador y rugiente canto ancestral de los rios, con el silencioso alarido del monte virginal, con el canto de cada uno de tus animales; a ti, que amamantas a tus terneros, madre color de luna, madre con senos de plata, madre fértil de óvulos infinitos; yo, hijo de Inti, a ti te invoco.

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